Epigenética y Neuroplasticidad

Durante años, la ansiedad se ha explicado como un problema psicológico, emocional o incluso de pensamiento. Sin embargo la ciencia moderna ha ido mucho más allá y hoy sabemos que también tiene raíces biológicas profundas.

Uno de los elementos más prometedores en este campo es la MAOA (monoamino oxidasa A): una enzima clave en la regulación de neurotransmisores. Entender cómo funciona no solo cambia la forma en que vemos la ansiedad, sino que también abre la puerta a algo mucho más importante: la posibilidad real de modificar el cerebro a través de la neuroplasticidad.

¿Qué es la MAOA y por qué importa?

La MAOA es una enzima cuya función principal es descomponer neurotransmisores como la serotonina, dopamina y noradrenalina. Aunque estos ‘químicos’ son fundamentales para regular el estado de ánimo y la respuesta al estrés, no todos producimos MAOA de la misma manera.

El gen que codifica esta enzima (gen MAOA) tiene diferentes variantes. Algunas personas tienen una versión de alta actividad (más degradación de neurotransmisores) y otras de baja actividad (menos degradación). Esto influye directamente en cómo responde el cerebro ante el estrés; dependiendo de la actividad de la MAOA tendremos menor o mayor disponibilidad de serotonina y vulnerabilidad a ansiedad o depresión.


Evidencia científica: lo que dicen los estudios

El Instituto Max Planck de Psiquiatría en Múnich (Alemania) es reconocido internacionalmente como uno de los centros líderes en la investigación sobre ansiedad y estrés, se especializa en entender los mecanismos biológicos, moleculares y cerebrales que causan la ansiedad para desarrollar mejores tratamientos.

Uno de estos estudios ha mostrado que variantes del gen MAOA están asociadas con diferencias en la activación de la amígdala, la región clave del cerebro para detectar amenazas. Aquellas personas con ciertas variantes presentan hiperreactividad de la amígdala, lo cual se traduce en mayor sensibilidad al miedo y al estrés.

Evidencia con relación a ciertas variantes del gen MAOA:

  • Respuestas más intensas a estímulos emocionales
  • Menor eficiencia en la regulación desde la corteza prefrontal
  • Mayor reactividad de la amígdala

Es decir, nuestro sistema ‘salta’ más rápido y tarda más en volver a la calma

Entonces… ¿estoy “programado” para tener ansiedad?

La respuesta es NO, y aquí es donde la conversación se vuelve reveladora: Tener una predisposición genética no es una sentencia, es más bien un punto de partida.

Veamos un ejemplo concreto: 2 hermanos con la misma variante de MAOA pueden tener resultados completamente distintos dependiendo de:

  • Su entorno
  • Sus hábitos
  • Sus experiencias
  • Su entrenamiento mental
  • Su forma de interpretar la realidad
  • Su narrativa interna
  • Su tolerancia a la incertidumbre

Y esto nos lleva al concepto clave: la neuroplasticidad.

Neuroplasticidad: la pieza que cambia todo

La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para cambiar su estructura y funcionamiento en respuesta a la experiencia. Esto incluye: crear nuevas conexiones neuronales, fortalecer o debilitar circuitos existentes, reorganizar redes completas.

En el contexto de la ansiedad, esto significa algo muy concreto: podemos entrenar a nuestro cerebro para responder diferente al estrés, independientemente de la genética.

¿Cómo se conectan MAOA y neuroplasticidad?

La relación entre ambos es profunda y bidireccional. El MAOA influye en el punto de partida, es decir nuestros niveles de neurotransmisores afectan qué tan reactivo es el sistema emocional y qué tan fácil nos resulta regularle. La neuroplasticidad modifica la respuesta, a través de repetición y experiencia podemos:

  • Mejorar la regulación emocional
  • Fortalecer la corteza prefrontal
  • Reducir la hiperactividad de la amígdala cerebral


Pero, ¿cómo hacemos que esa repetición sea tan eficiente que se cree nuevas conexiones en nuestro cerebro modificando aquellas situaciones que interpreta erróneamente? La respuesta es: el ejercicio.

Ejercicio y Neuroplasticidad

El ejercicio incrementa una proteína llamada BDNF (factor neurotrófico), que básicamente facilita que el cerebro cree nuevas conexiones.

Sin BDNF, el cambio es más lento. Con BDNF, el cerebro aprende más rápido que ‘no hay peligro’ a través de la repetición.

Un caso real:

Imaginemos una persona que siente peligro cada vez que está en un restaurante. Lo anterior debido a que posiblemente experimentó un ataque de pánico o estaba bajo demasiado estrés mientras comía.

Su cerebro ha creado un circuito que se activa cada vez que estas comiendo en un restaurante y dice ‘estar aqui es peligroso’. Mediante múltiples repeticiones debilitamos ese circuito y creamos uno en donde dice ‘estar en un restaurante es seguro, disfruto la comida y me gusta estar aquí’.

Para que lo anterior ocurra, necesitamos no solo la repetición sino que los niveles de la proteína BDNF estén altos. ¿Cómo lo hacemos? realizando ejercicio aeróbico regularmente, entre 3 a 5 veces por semana. Caminar rápido, pesas, bicicleta, trotar o natación son algunos ejemplos.

En conclusión..

La experiencia cambia tus genes: Cada vez que repites una experiencia, como exponerte a algo que te da miedo, no solo cambias conexiones cerebrales sino también cambias qué genes se activan (epigenética). Pero para que esto funcione a la perfección, es necesario combinarlo con ejercicio, dieta, meditación y un buen descanso.